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El discurso político y el color del vestido

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Por estos días vivimos la interesante y divertida polémica sobre el color de un vestido del que cada persona define los colores que éste posee de manera individual. Nos sorprende que el otro vea una escala cromática diferente a la nuestra. Es que la gente ve lo que puede ver. Lo mismo ocurre en la comunicación: la gente ve lo que quiere (puede) ver y escucha lo que quiere escuchar.

Independientemente de una cuestión de percepción lumínica, el concepto del vestido ha sido abordado hasta por la filosofía. Fue Friedrich Nieztche quién definió que no existen hechos sino interpretaciones y Niels Bohr y Werner Heisenberg en la estructuración de la teoría de la mecánica cuántica lo certificaron cada vez que nos rendimos a la evidencia de que las cosas no son como son, sino como son observadas. Y recién con la utilización del tomógrafo computado se pudo aplicar esa concepción al estudio de la comunicación en general y a la comunicación política en particular.

Cada día los seres humanos modernos tomamos miles de  decisiones. No hay capacidad física, espacial ni temporal de utilizar razonamientos y cálculos lógicos. Nuestro sistema racional es demasiado lento y vulnerable para tomar el control de nuestro comportamiento. Para ello contamos con un buen sistema emocional que actúa con rapidez y diligencia, gracias a un diseño sofisticado que ha sido perfeccionado por la evolución durante millones de años.

Todo lo que hacemos o dejamos de hacer, lo que pensamos de las cosas y lo que interpretamos de la realidad ocurre bajo el manto protector de nuestras emociones, y éstas tienen un valor supremo por sobre las capacidades lógicas y racionales de las personas, incluso en los errores en la apreciación.

Para poder mantenernos coherentes y en comando de la situación necesitamos un tipo de cerebro tan particular como el que poseemos, un cerebro que saca conclusiones, interpreta de acuerdo a la información que posee -nuestra historia personal-, induce, adivina, de manera rápida y al menor costo de consumo de energía posible.

Donde más se observa la aplicación de sistemas emocionales en la toma de decisiones y en la forma de interpretar la realidad que creemos dada, es decir, objetiva, es en cuestiones abstractas o que para las personas se presentan como abstractas. Y la política es una cuestión no concreta.

Lo cierto es que nuestro cerebro no está, ni estuvo nunca, preparado para procesar de manera racional la información política.

Los últimos avances científicos tanto de las neurociencias como de la psicología cognitiva demuestran que la intuición puede ser más efectiva que los modelos de elección racional, no mejor ni más buena sino más efectiva. La efectividad y eficacia de los resultados es determinante en el sistema de valoraciones de nuestro cerebro como producto de dos millones de años de historia evolutiva.

La aplicación práctica de esta evidencia es una de las claves en cuanto a la utilización del valor emoción respecto de la interpretación de la actualidad política. Es que no importa si la información es adecuada en términos lógicos, lo que vale es que pueda llegar a ser procesada, ya que en definitiva será el individuo y su sistema emocional quién determine si la apropia o no.

Por cuanto no importa lo que los políticos o gobernantes dicen sino lo que el ciudadano escucha; no es lo que decimos es lo que pueden oír y lo que el cerebro nos permite entender de ese impacto informativo como lo certificó Frank Luntz en su libro Palabras que funcionan. Cómo en el vestido de la polémica, el tema no es el color que arroja el encuadramiento cromático, es lo que la gente ve.

Guillermo Bertoldi

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Sobre mí

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Guillermo Bertoldi. Soy periodista, licenciado en Ciencias de la Comunicación Social y analista de Opinión Pública. Completé estudios superiores en sociología de las comunicaciones y management político. Especialista en Comunicación Electoral y de Gobiernos y comunicación de crisis de imagen corporativa.

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